Caitlin Moran Quote

Pero lo que no había esperado eran las caras: las caras de las mujeres. Los rostros de los hombres eran lo que cabía imaginar; famosos o no famosos, los hombres parecen…, bueno, eso, hombres. Hombres de cuarenta, cincuenta y sesenta años. Hombres con dinero, bien cuidados, sin grandes preocupaciones. Hombres que pasan las vacaciones en un lugar donde el sol está asegurado, y a quienes les gusta la ginebra.Pero las mujeres: oh, las mujeres parecen todas iguales.Las pocas veinteañeras o de treinta y pocos no contaban. A esa edad parecen normales. Pero, cuando se acercan a los treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, empiezan a aparecer los primeros rasgos de homogeneidad. Labios que no se deterioran como sería de esperar, labios que parecen inflarse hacia arriba y hacia fuera, de forma ilógica, con el mohín de Elvis. Frentes brillantes, estiradas. Algo indefinible, pero definitivamente extraño en las mejillas y en la mandíbula. Ojos estáticos muy abiertos, como si estuvieran en Harley Street[168] y acabaran de ver su última factura.Es como si sus criadas de Europa del Este les hubieran lavado y planchado el vestido, el abrigo y la cara, todo al mismo tiempo. Como si en el lavadero, a las once de la noche, las caras de estas mujeres durmieran colgadas de perchas de palisandro, rociadas con aroma de verbena.

Caitlin Moran

Pero lo que no había esperado eran las caras: las caras de las mujeres. Los rostros de los hombres eran lo que cabía imaginar; famosos o no famosos, los hombres parecen…, bueno, eso, hombres. Hombres de cuarenta, cincuenta y sesenta años. Hombres con dinero, bien cuidados, sin grandes preocupaciones. Hombres que pasan las vacaciones en un lugar donde el sol está asegurado, y a quienes les gusta la ginebra.Pero las mujeres: oh, las mujeres parecen todas iguales.Las pocas veinteañeras o de treinta y pocos no contaban. A esa edad parecen normales. Pero, cuando se acercan a los treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, empiezan a aparecer los primeros rasgos de homogeneidad. Labios que no se deterioran como sería de esperar, labios que parecen inflarse hacia arriba y hacia fuera, de forma ilógica, con el mohín de Elvis. Frentes brillantes, estiradas. Algo indefinible, pero definitivamente extraño en las mejillas y en la mandíbula. Ojos estáticos muy abiertos, como si estuvieran en Harley Street[168] y acabaran de ver su última factura.Es como si sus criadas de Europa del Este les hubieran lavado y planchado el vestido, el abrigo y la cara, todo al mismo tiempo. Como si en el lavadero, a las once de la noche, las caras de estas mujeres durmieran colgadas de perchas de palisandro, rociadas con aroma de verbena.

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